Europa, comunidad de valores

Fidel Herráez Vegas (Arzobispo de Burgos)

gil hellin

El próximo domingo, día 26, hemos sido convocados para ejercer nuestra tarea ciudadana eligiendo políticos que nos representen en las instituciones municipales, autonómicas y europeas. Por ello me ha parecido oportuno dedicar hoy este mensaje dominical a la realidad europea y a las interpelaciones que como ciudadanos cristianos conlleva este marco político, social, económico y religioso; lo hago porque Europa nos queda más lejos y se toma menor conciencia de su importancia en las campañas electorales; y porque la actual encrucijada que atraviesa nuestro continente, que afecta sin duda a sus raíces cristianas, plantea evidentemente una nueva conciencia sobre el modo de presencia y de actitud cualificada de la Iglesia en Europa.

A la luz de la historia vemos que en la base de la idea de Europa se encuentra el cristianismo. La fe cristiana le ha dado forma y algunos de sus valores fundamentales han inspirado después «el ideal democrático y los derechos humanos» de la Europa moderna. No se puede negar que la fuerza unificadora del cristianismo ha contribuido a integrar entre sí diferentes pueblos y culturas. Y todavía en nuestros días, el alma de Europa permanece unida porque, además de su origen común, tiene idénticos valores cristianos y humanos, como son los de la dignidad de la persona humana, el profundo sentimiento de justicia y libertad, el espíritu de iniciativa, de laboriosidad, de amor a la familia, de respeto a la vida, de tolerancia y de deseo de cooperación y de paz, que son notas que la caracterizan.

Tendríamos que pensar y trabajar más por la comunidad europea como «comunidad de valores». Los valores que la crearon y que son los que podrán sostenerla. Valores que se encuentran hoy, a menudo, cuestionados y amenazados. Por eso hemos de ser conscientes, mirando al tiempo que vivimos, de que para que Europa recupere su verdadera identidad, hay que apoyar esos valores. Hagamos una llamada a transmitir una cultura de los valores que se oponga al relativismo postmoderno. Y soñemos con una Europa mejor, no basada solamente en los avances técnicos y científicos sino en el comportamiento ético de las personas, en favor de un horizonte común.

Como cristianos ¿cuál es nuestra responsabilidad, en un tiempo en el que el rostro de Europa está cada vez más marcado por una pluralidad de culturas y de religiones y para muchos el cristianismo se percibe como un elemento del pasado lejano y ajeno? El debate en torno al proyecto de la Constitución europea, iniciado en el año 2000, es prueba clara de ciertos intentos que quieren silenciar la dimensión cristiana de Europa. Conviene recordar que la Unión Europea, como germen de integración de los diversos países del continente, tuvo su origen en el esfuerzo de políticos cristianos, claramente movidos por su fe. Su objetivo era establecer unas bases sólidas para la paz y la convivencia afrontando las raíces, comerciales y económicas, que habían provocado las dos grandes guerras europeas. Este proyecto hubiera resultado inviable en aquellos años sin el aliento evangelizador de sus principales protagonistas.

En 1999 se celebró el segundo Sínodo de los Obispos para Europa. De ahí surgió la Exhortación Iglesia en Europa de San Juan Pablo II. El Papa describe las luces y las sombras de la situación europea; el riesgo fundamental que se menciona es el oscurecimiento del horizonte de la esperanza, que se produce cuando se difumina la verdad y cuando el progreso material y cultural no se refleja en todas las dimensiones de la persona humana. En ella podemos encontrar muchas claves para nuestro actuar evangelizador y nuestros compromisos socio-políticos desde el Evangelio. Subrayo algunas de ellas:

Las Iglesias y todos los creyentes han de plantearse un nuevo impulso evangelizador, una conciencia misionera que implica un testimonio de vida atrayente y una fe más personal y madura, a fin de entrar en diálogo crítico con la cultura actual y aportar lo genuinamente cristiano (cf. nº 49ss.).

Se ha de potenciar la tarea cotidiana de tantos laicos, hombres y mujeres, que en la vida ordinaria evangelizan los grandes campos de la política, la realidad social, la economía, la cultura, la ecología, la vida internacional, la familia, la educación, el trabajo y el sufrimiento. (cf. nº 41).

Hay que trabajar por un orden económico internacional más justo, desde nuevas formas de acogida y hospitalidad ante el hecho de la inmigración en Europa, pues el fenómeno mismo de la globalización reclama apertura y participación (cf. nº 100).

Pidamos a la Virgen María, Ntra. Señora, venerada en tantos santuarios europeos, que ayude al continente a ser cada vez más consciente de su propia vocación espiritual y contribuya a construir la solidaridad y la paz dentro de sus fronteras y en el mundo entero.

Parroquia Sagrada Familia